miércoles, 27 de agosto de 2008

PROGRESO CONTRA LA VIDA

"Como, a nuestro parecer,/cualquiera tiempo pasado/fue mejor”.

Hace ya más de cinco siglos que Jorge Manrique escribió estos versos que forman parte de las maravillosas “coplas a la muerte de su padre”. Hay sentencias que la vida nos enseña, que jamás podrán desligarse del ser humano por su inquebrantable realidad. ¿Quién no ha pensado alguna vez que sus tiempos pasados fueron bastante mejores que los que vive en su actualidad? Yo lo pienso muchas veces, y no es que me queje de mis tiempos actuales pues tengo salud y como todos los días, pero algo me lleva a añorar tiempos pasados. Condición humana, sin duda. Algo inevitable por lo que todos pasamos.

Yo, como muchos de los que puedan leerme, por suerte o por desgracia (según se mire) he vivido unos tiempos en que todo era más fácil, más normal. En los pueblos, la gente vivía con más despreocupación y pocas cosas te agobiaban. La prisa era un leve pecado capital que sólo unos pocos cometían. Había muchas enfermedades, como hoy, pero menos infartos. Había un médico en el pueblo que podía con todo y un señor de gris que te venía a poner las inyecciones a casa. Un solo veterinario tenía a su cuidado muchas más reses que las que pueda haber hoy en cinco concejos juntos y el ganado tenía muchos menos problemas que los que hoy tienen que soportar los animales y sus dueños. Había una sola oficina bancaria cuyos empleados no te agobiaban con ofertas o con llamadas telefónicas para que quitaras el descubierto de la cuenta, quizá porque nadie tenía descubiertos ni dejaba las letras sin pagar, y además no concedían hipotecas.

De vez en cuando, algún vecino hacía una nueva casa y en el pueblo era la novedad. Las grandes superficies rurales eran tierras de cultivo o de pastos y no existía la especulación inmobiliaria, ni las agresiones al medio ambiente y a las identidades de los pueblos. Las leyes eran mucho más livianas y un solo alguacil se encargaba de cuidar que el orden no se desmadrara y de que los vecinos pagasen sus arbitrios cuando mataban el cerdo o alguna otra res para el consumo propio, con el visto bueno del veterinario.

Cualquiera fabricaba quesos, bien para casa o para venderlos en el mercado local, y entonces, sin tanta historia como hoy, estaban mucho más ricos y nunca supe de intoxicaciones ni otros problemas por comer queso.

Nunca oí hablar de las vacas locas ni de la lengua azul, ni de vacunaciones masivas que hacían abortar a las vacas. Los animales iban y venían de feria en feria en los pocos camiones que había, y nunca supe de epidemias ni contagios que mermasen las cabañas de forma alarmante.

Los agricultores y ganaderos, una vez que llegaban a casa rotos por el trabajo, no se tenían que poner a rellenar formularios complicados, ni a dar bajas y altas de animales y cuadrar el saldo de los que habitaban la cuadra. Tampoco tenían que perder días de trabajo que hoy les supone una desatención de su cabaña, para gestionar papeles y papeles y, si le toca, aguantar las impertinencias y amarguras de algunos funcionarios o funcionarias que, en vez de las vacas, deberían ser ellos los que tuvieran su lugar en la cuadra, amarrados al pesebre.

En gran parte de los ríos se podía pescar, simplemente teniendo licencia. Hoy no sé a quien pertenecen, pero está claro que a cualquiera menos a sus ribereños.

Los espacios naturales de montaña, hoy Parques Nacionales, estaban cuidados y protegidos desde que Dios hizo el mundo, por los propios pastores y ganaderos que en ellos encontraban pastos para sus rebaños. Nadie más interesados que ellos en cuidar su medio y mantenerlo vivo. Alguien inventó después una serie de normas, prohibiciones y servicios de vigilancia, según ellos, para intentar conservar estos espacios, que están ahí desde que el mundo es mundo, y apartaron de sus entornos a los que de verdad, quieren el monte, lo conocen y siempre lo cuidaron.

Las llaves de las casas, siempre estaban puestas y las iglesias abiertas a cualquier hora. No había problemas. Las banderas del respeto y la honradez, eran los blasones de quien no tenía nobleza de sangre, que éramos todos, y que suponía nuestro mejor certificado de penales.

Los abuelos, quizá morían más jóvenes pero morían en casa rodeados del cariño de sus hijos y nietos. Hoy mueren en las residencias para ancianos, porque sus hijos no pueden o no quieren cargar con ellos.

Podríamos hablar de más y más cosas de aquellos tiempos para justificar que fueron más felices. Pero la vida corre, cada vez más loca y más a prisa.

Antes había “cólicos miserere” y la gente palmaba. Hoy también los hay, aunque con otro nombre, y hay también depresiones, angustia, estrés y gentes que matan a sus parejas por no se sabe qué razón.

En una palabra, antes se vivía, la vida era más vida. Hoy tenemos una vida para correr, para pagar impuestos, para rellenar formularios, para cumplir las prohibiciones, para cagarnos en tal y en cual, para enfadarnos, para no podernos dedicar a lo que nos gustaría, para llevarnos un susto cada mañana, para no perder el autobús, para odiar al jefe y a los que nos gobiernan.

Tenemos una vida, para morirnos de prisa y cabreados. Yo me quedo con el tiempo pasado. ¿Y ustedes?

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