lunes, 18 de agosto de 2008

EL REGRESO DE LOS TEMPLARIOS (I)

La gran mayoría de los medios de comunicación se han venido haciendo eco estos últimos días de un hecho, cuando menos, sorprendente. Es el caso de que una supuesta y misteriosa “Orden Soberana del Temple de Cristo”, que se autoproclama la verdadera y única heredera de la Orden militar del Temple -fundada en Jerusalén por el caballero francés, Hugo de Payens, en 1119- ha demandado al Papa de la Cristiandad, Benedicto XVI, ante los juzgados de Madrid pidiéndole dos cosas: que rehabilite la Orden del Temple, disuelta hace ya siete siglos, y 100.000 millones de euros que constituye la cifra estimada, a valor de hoy, de cuantos bienes le fueron incautados.

Esta Orden Soberana del Temple de Cristo, deja en segundo lugar la reclamación dineraria, pues es consciente de que no deben descapitalizar al Vaticano con reclamación tan astronómica, pero sí va en serio en lo de la rehabilitación de la Orden.

Aunque parezca algo inaudito parece ser que aún quedan, tanto en España como en muchas partes del mundo, pequeñas órdenes autodenominadas templarias que aglutinan a varios miles de adeptos. Estas órdenes, parece que en los últimos tiempos han iniciado un proceso de unificación de cara a adquirir mayor fuerza en sus reivindicaciones como legítimos herederos de los verdaderos templarios.

La Orden del Temple o, como se llamó en sus inicios, de Los Pobres Caballero de Cristo, siempre ha despertado un gran interés entre un público muy heterogéneo. Su historia se mezcla ya con la leyenda y constituye un auténtico mito alimentado por la literatura. Son innumerables la cantidad de obras dedicadas a la mítica orden militar y, por desgracia, pocas son las que acometen estudios rigurosos sobre la misma, yéndose más por derroteros novelescos pretendiendo dar a conocer datos repetitivos y sin ningún aporte histórico.

El acoso y derribo de la Orden Templaria, promovido por Felipe IV el Hermoso, rey de Francia, con independencia de toda esta literatura fantástica, tienen distintas explicaciones por parte de los historiadores serios.

Una de los fundamentales fue, sin duda, la codicia del Rey francés, aumentada por un Estado fuertemente endeudado con los banqueros judíos y con los propios templarios, estos últimos auténticos maestros e innovadores del sistema bancario, con algunos de sus procedimientos aún en vigor, aunque adaptados a las nuevas tecnologías y necesidades de la clientela actual.

Sin embargo, según estudios históricos, no le salió bien al Rey la jugada pues fuera de lo que constituían propiedades (castillos, granjas, encomiendas…) no parece que se encontrase en la torre del Temple de París, sede central inexpugnable de la Orden, ningún tesoro en oro, plata, piedras preciosas, ni ningún otro material valioso que, como se suponía, pudiesen atesorar los templarios, procedente de sus victorias y saqueos en Tierra Santa.

Allí no estaba el tesoro del Templo de Jerusalén, que según la tradición contaba con fabulosas piezas como el arca de la alianza con las tablas de Moisés, el candelabro de los siete brazos o la mítica mesa de Salomón, ni el Santo Grial, ni ningún otro tesoro imaginado y codiciado.

Estos tesoros legendarios fueron buscados por personas y sectas de diversas filiaciones, incluidos en el pasado siglo XX, los nazis de Hitler, reconocidos aficionados al esoterismo.

Otra de las causas de su disolución fue su falta de reconversión y la poca visión y debilidad de su, entonces, gran maestre Jacques de Molay que, si bien fue su último gran maestre, no supo ser un maestre “grande” para la Orden Templaria.

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