domingo, 7 de junio de 2009

RAMÓN VERDEJA BARDALES. UN PEÑAMELLERANO..

La Torre de Alevia.



“Pues habrá que ir a Oviedo a ver a Verdeja…”. Esta era una frase común en muchos hogares peñamelleranos, allá por entre los años cuarenta y finales de los setenta del pasado siglo XX. Ir a Oviedo a ver a Verdeja, se imponía cuando determinadas cuestiones administrativas, y de orden, ya no llevaban arreglo entre la burocracia de nuestro contorno, y su posible solución nos llevaba a superiores instancias en la capital asturiana.

Allí estaba siempre Ramón Verdeja Bardales, alto cargo de la policía del Estado (llegó a ser Comisario Superior). Allí estaba, siempre presto a recibir y tratar de solucionar los problemas de sus paisanos, fuesen quienes fuese, de cualquier condición e ideología, porque para él sólo contaba la integridad moral, y siempre dentro de la ley y del orden, pero, también, saltándose ese orden, si era necesario, a favor de una justicia, no escrita, pero justicia al fin, que sólo las personas de su talla moral y humana sabían donde radicaba el límite de lo permisible.

Ramón Verdeja, nació en Alevia, la que, según Cecilio F. Testón, en un tiempo se denominó “La Atenas de Peñamellera”, en un lejano 28 de diciembre de 1914 y, tras cursar sus estudios, ingresó, en 1939, en el Cuerpo Superior de Policía, siendo destinado a Lérida para, a los pocos meses, incorporarse en Oviedo. Allí obtiene su licenciatura en Derecho y va escalando puestos hasta terminar, en 1978, como Comisario Principal.

Ramón no fue un policía, por así decir, a la usanza. Ramón fue más bien un hombre de despacho. Un organizador, un humanista y un filósofo, rasgos muy difíciles de encontrar en personas de su oficio. Sin ninguna duda fue un hombre influyente, en su momento, y un personaje que supo aprovechar esa influencia para hacer todo el bien que fue capaz de hacer.

Su sobrino, Pablo Madrid Verdeja, me lo recuerda en una carta. Había una frase que le definía, a él y a su vida: “Hasta que me echen, siempre estaré al lado de los que necesiten algo de consuelo”.

Ramón fue un peñamellerano “pura sangre”, orgulloso de su origen. Un peñamellerano con muchos amores entre los que destacaba su valle, coronado por su Alevia natal. Y digo lo de muchos amores, porque Ramón nació para amar. Su gran amor fue Angelita, su querida esposa que le antecedió ante Dios, y su numerosa familia de la que algún vástago, como Anabel, se le desgajó dolorosamente ya en los últimos años de su vida. Pero para él, amores eran todos los peñamelleranos que llegaban a Oviedo a su despacho en busca de soluciones para sus problemas. ¿Hay alguien que pueda decir, con el corazón en la mano, que no recibió –si no pudo ser otra cosa- el cariño, la comprensión y la atención exquisita de este hombre generoso e inigualable? Hombre, puede hasta que sí. Puede que haya gente tan ruin que hoy pueda negar eso. Pero hay que ser muy bajo de moral y de valores para poder manifestar algo semejante.

Su vida fue guiada, siempre, por una profunda convicción católica y humanística lo que le llevaba a la felicidad personal y a tratar de transmitir esta felicidad a los demás.

Es muy breve este espacio para poder argumentar aquí, las razones que nos llevarán a un grupo de amigos del concejo a solicitar al consistorio de Peñamellera Baja, para Ramón Verdeja Bardales, un reconocimiento en forma de calle, o plaza, en la capital del concejo, Panes. Sin embargo, habrá otros foros donde sí se podrán desarrollar estos argumentos y se realizarán las gestiones pertinentes para lograrlo.

Sólo una pobre visión de su persona, de nuestra tierra o, simplemente, la ingratitud, pueden ignorar o dejar de valorar la empatía que Ramón siempre mostró con las necesidades y requerimientos de los vecinos de su tierra entrañable, Peñamellera.

Más allá de las ideologías, Ramón Verdeja Bardales es para varias generaciones de peñamelleranos el arquetipo humano más importante de nuestro concejo en la segunda mitad del siglo XX.

Vaya esto como anticipo del empeño que algunos nos proponemos llevar a la práctica, porque, entre otras razones, lo consideramos un deber y un agradecimiento a una persona que derrochó cariño y que amó a su tierra y a sus gentes, con la misma fidelidad e intensidad que se ama a una madre.

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