
Pero éstos no fueron, en ningún sentido, los méritos por los que Agustín de Foxá pasó a la historia. Por lo menos a la historia reciente, porque cada vez está siendo más injustamente olvidado.
Foxá forma parte de esa nómina de escritores “de la Falange”, (ese es el problema) hoy proscritos, malditos y tildados de fascistas. Hoy en España, por desgracia, no se aprecia el arte. Se aprecia la afiliación política. Si Foxá fue fascista, yo soy el Cid Campeador. Pero estuvo allí, en aquel momento, y se la “cargó”. Foxá se pasaba por el forro, a Franco y a Mussolini (de dos en dos), políticamente hablando y, si el antiguo régimen franquista le dio algo, fue, sencillamente, porque le necesitaba y él quiso servir a España. Hubo, sin duda, otra cuestión: Foxá no comulgaba con la “horda roja”, pero eso es algo íntimo y muy personal. En su novela “Madrid de Corte a checa” nos lo narra magistralmente y, leyéndola, podemos llegar a entenderle, porque es una de las novelas más realistas y mejores que se han escrito en la literatura española del siglo XX.
Agustín de Foxá, como otros muchos, pertenece, como dice Paco Umbral, a un generación de “señoritos” que hicieron la guerra, o no la hicieron, pero que tienen todos, en común, mucha cultura y supieron arreglárselas para no meterse en “harina franquista”. Pocos, o muy pocos, se sintieron identificados con el dictador cuando –versos de Ridruejo- llegaron las “banderas victoriosas, al paso alegre de la paz”. Parecen abrumados (salvo unos pocos) por aquella victoria que, a ellos, sólo les trajo una relativa tranquilidad personal, producto de una victoria militar que les arroja al confín de la literatura fascista, porque los militares no sabían, entonces, de letras.
Foxá fue víctima de su genio y de su ingenio y aquel régimen, con el que él colabora y al que sirve se le va echando encima. No puede con él y ello influye en la poquedad de su obra que se reduce más al artículo descriptivo y a algunos poemas, que a la gran obra novelística que quiso hacer (al estilo Valle Inclán) y tantas cosas le impidieron realizar. Fue de los prosistas de la Falange. La mayoría de ellos, “pensadores de periódico”, como apunta Umbral. Pero Foxá fue más allá. Foxá no tenía complejos ideológicos. Estaba donde estaba, eso no tiene discusión. Pero él era Foxá. Un “aparte”. Un “aparte” que no le salió naba barato.
Foxá, no se acojonaba ni ante Millán Astray, ni ante Serrano Suñer, ni ante el conde Ciano, ni ante el lucero del alba. Agustín de Foxá, era él, simplemente él. Sin políticas. Revestido, como ya he dicho, de su genio y de su ingenio. Foxá, era un español de los de siempre para bien o para mal. Él era lo que era.
Aquello de la seudofalange, y lo del “frente de juventudes”, le jodía. Eso no iba con él. Aquello de los niños manipulados por impresentables no podía soportarlo. Él, con su ironía y su ingenio innato, lo criticaba de forma irresponsable para los tiempos que se vivían: “Son unos niños vestidos de gilipollas mandados por un gilipollas vestido de niño”.
Ramón Serrano Suñer (el cuñadísimo) le llamó al orden…: -“Agustín, ¡esto se ha terminado! Tus frases, que quieren ser graciosas, sólo son disolventes y destructivas. No estoy dispuesto a aguantarte ni un minuto más. Foxá, para Serrano, era un irreverente camarada: -“No creas, le comentó Serrano, que mi amistad por ti va a permitir este tipo de cosas. La bronca fue brutal, pero después bajó el tono de quien, después del Caudillo, tenía todo el poder en España:
-Agustín, ya sé que no lo haces con mala intención, pero el resultado, viniendo de ti, es demoledor…Piénsalo, Agustín…Nos estamos jugando una España pobre y desgastada por una guerra y “buscamos un imperio….”
Foxá no pudo evitar ser lo que siempre había sido…: ¡Ramón! ¡Un momento! –le dijo Foxá- ¡Te juro que este último chiste no es mío……
Agustín de Foxá, bebía y fumaba en abundancia. En la Italia de Mussolini fue agregado cultural de la embajada Española. No duró mucho, porque sus cojonadas no le daban tiempo a durar en muchos sitios. Pero se marchaba satisfecho del deber cumplido. El conde Ciano, al que apreciaba mucho más que a su suegro, tuvo la insolencia de criticarle su exceso de copas y cigarros en una fiesta de la embajada….. “A usted Foxá, le matará el alcohol y el tabaco”… Galeazzo Ciano, yerno de Mussolini, tenía (al igual que Foxá) fama de “cornúpeta”, sólo que Foxá, como se dice hoy, “pasaba….”. Claro, al bueno de Foxá, que como a todos los que bebemos y fumamos, nos jode que nos los vengan a reprochar, sólo se lo ocurrió contestarle: “Pues a usted le va a matar Marcial Lalanda”…Los cuernos andaban en juego y Marcial era el torero del momento............
A los pocos días, Agustín de Foxá hacía sus maletas y regresaba a España. Nunca se llevó bien con un régimen que, como a Ridruejo, le desilusionó. Él era conde, gordo, rico, culto, muy culto. Pudiera haberlo sido todo en aquel régimen franquista. Pero no le dio la gana. No le gustó. Aquello no era lo que había ideado José Antonio. Antes que todo prefirió ser libre, bebedor, fumador y, simplemente, Agustín Foxá….
Foxá es un personaje que se merece mucha más atención de la que se le ha venido dando. Yo, aquí, sólo le dedico un pequeño espacio literario. En mi corazón tiene mucho sitio. El odio, la represión actual, la falta de cultura, el sectarismo, la mala hostia, en general, envían a estas gentes al ostracismo.
Y eso, gracias a Dios, que vivimos bajo gobiernos llamados progresistas……¡¡¡Gracias a Dios…!!!