"El hombre libre es el que no teme ir hasta el final de su pensamiento"
(León Blum)
Este es un país maravilloso donde no existe el paro. Todo el mundo trabaja y llega a fin de mes sin problemas. No tenemos déficit en nuestras cuentas públicas y nuestro producto interior bruto crece año tras año. Los españoles vivimos tranquilos porque sabemos que nuestras pensiones están aseguradas por muchos, muchísimos años, para nosotros y nuestros descendientes. Nuestro sistema financiero goza de una salud excelente y no encuentra el españolito ningún problema a la hora de conseguir un pequeño préstamo para sus caprichitos vacacionales, cambiar su coche o darse algún otro homenaje. No hay entidades bancarias en peligro de “tronar” por lo que el Estado está libre de emplear fondos públicos en su saneamiento. Esto es como la Arabia feliz de los cuentos de las “Mil y una Noches”.
Esto va tan bien, tan estupendamente bien, que nuestros representantes políticos no tienen, a penas, temas de debate serio en las cámaras parlamentarias.
Nuestras preocupaciones se reducen a nuestra salud (algo que siempre es tema de preocupación) y a estar pendientes de los vestidos de Carla Bruni y la princesa Leticia. Pero eso llega a ser aburrido. Muy aburrido.
Hay otros temas que pertenecen más al ámbito internacional, es decir, que no sólo nos afectan a nosotros si no también al resto de las naciones. Hoy tenemos en candelero la epidemia –a punto de convertirse en pandemia- de la gripe Porcina. Tenemos también el Sida, una lacra a la que el mundo no es capaz de poner límites, y sobre cuya prevención existen recomendaciones de determinados líderes mundiales que a España preocupan y contrarían hondamente.
A Su Santidad, el Papa Benedicto XVI, no se le ha ocurrido otra cosa que manifestar que para prevenir esta enfermedad lo único que hay que hacer es evitar la promiscuidad. No valen preservativos ni historias semejantes. Y, claro, esto, para determinados diputados de la izquierda española, es inadmisible. Esto es un golpe bajo a los valores de unos políticos que se llenan la boca con la palabra libertad pero que no pueden consentir que determinadas personas manifiesten sus opiniones. No se trata de contraponer sus opiniones a las de aquel, no, se trata, simple y llanamente, de tratar de silenciarle.
Para ello, el Congreso de los Diputados, a iniciativa de algunos partidos de izquierdas -Izquierda Unida (IU) Ezquerra Republicana de Cataluña (ERC) e Iniciativa por Cataluña, los Verdes (ICV)- se prepara para reprobar al Papa que ha tenido la osadía de manifestar, con todo derecho, una opinión contraria a sus tesis.
El Partido Popular (PP) como es un partido de “retrógrados”, se opondrá frontalmente a esta iniciativa por dos razones fundamentales: Por el derecho de Su Santidad a emitir libremente sus opiniones y por el sinsentido que supone que las Cortes Españolas reprueben al líder de la Iglesia Católica y al jefe de un Estado cuyas opiniones ni son injuriosas para España ni atentan contra su ordenamiento jurídico.
Ese es el problema de no tener nada que hacer. Esa es la razón de que España vaya como va. Esa es la razón de que no nos quieran ni ver, ni por el "G-20", ni por la “Taberna del Irlandés”.
Esta es una España de auténtica “traca”. Si España no prescinde de muchos de sus dirigentes, que no espere grandes cambios por lo que al respeto internacional respecta. Y, por supuesto, hasta que esta gentuza no se ponga a trabajar en lo que a España verdaderamente interesa, que nadie espere cambios en nuestro “malestar” nacional.
Seguirá habiendo paro y más paro. Seguirá habiendo déficit en nuestras cuentas públicas. Nuestro PIB seguirá cayendo. La SS, en veremos. Y, por supuesto, donde no se nos verá será en los foros internacionales. Allí no quieren payasos, ya son bastantes ellos. Pero, eso sí, le hemos plantado cara al Papa...
"En fe del buen acogimiento y honra que hace vuestra excelencia a toda suerte de libros."
(Dedicatoria de don Miguel de Cervantes al duque de Béjar)
Mañana, 23 de abril, se conmemora en España el Día del libro. O el Día de las Letras, o de las Lenguas. En este día se culminan distintos actos encaminados a ensalzar el conjunto de la magna creación literaria escrita en lenguas españolas y representada por la obra cumbre de nuestras letras, El Quijote, de don Miguel de Cervantes.
Es un día para rendir un merecido tributo de admiración, respeto y agradecimiento a tantas plumas insignes que a lo largo de los siglos dieron gloria y esplendor al idioma con sus inigualables aportaciones literarias.
Desde hace ya años, esta conmemoración adquiere un significado especial a causa de los irresponsables ataques que la lengua castellana, la más gloriosa de nuestra lenguas, viene soportando dentro de la propia España, en detrimento de su grandeza e indiscutible protagonismo.
Si algo grandioso tiene España en su inagotable patrimonio, es la rica variedad de sus culturas y, dentro de estas culturas, las distintas lenguas que componen nuestro mapa idiomático, dignas todas de un escrupuloso respeto porque en todas estas lenguas se han escrito grandes obras que, en su conjunto, y que nadie lo ignore, forman esa magna creación de que hablaba al principio.
Pero, lamentablemente, situaciones generadas por la actitud cerril y trasnochada de determinados personajes e instituciones, carentes de la más mínima calidad moral que pueda inducirles a unir y compartir, y no a dividir y destruir, propician una pugna absurda e incivilizada sobre la cuestión lingüística, logrando que esta diversidad, en vez de causarnos orgullo, nos enfrente y nos separe.
Ya en alguna ocasión he manifestado que de los regímenes totalitarios, aborrecidos y condenados por las mayorías democráticas, se copiaban muchas cosas y aquí tenemos la prueba palpable. Los nacionalismos locales que tanto se han lamentado de las brutales medidas represivas del franquismo, que les impedían hacer uso de su propia lengua, las han adoptado ellos mismos en su más puro estilo y las ejercen con contundencia bien aprendida. Si así piensan que hacen algún favor a sus lenguas, están en un tremendo error pues ellos bien deberían saber que todo lo que se impone a la fuerza ni arraiga ni fructifica.
Pero volvamos a la esencia del acontecimiento. En estos días en que la obra inmortal de Cervantes adquiere un especial protagonismo, me planteo una cuestión que creo que muchos nos hemos planteado alguna vez, y es si ha influido la obra cervantina entre los españoles, o si Cervantes, cuando escribió El Quijote, conocía tan bien el carácter español que hizo una obra maestra a nuestra imagen y semejanza. En cualquier caso no cabe la menor duda de que esta obra genial, intrínsicamente ligada a nuestras particularidades de carácter, nos define y nos distingue.
Algunos datos que he sacado leyendo un apunte biográfico sobre don Salvador de Madariaga al que su autor, el hispanista inglés, Paul Preston, titula “Un Quijote en la política”, pueden venir a apoyar esta incuestionable evidencia.
Señala Preston que “la influencia de la obra de Cervantes en don Salvador es tal que, anecdóticamente, durante los años veinte firmaba sus obras y escritos con el seudónimo de Sancho Quijano. Esto demuestra su identificación simultánea con Don Quijote y con Sancho y pone de manifiesto su deseo de unir, en la esencia de su propia personalidad, el buen sentido de Sancho con el idealismo de Don Quijote".
Dentro de su fecunda obra literaria, y entre sus primeros libros publicados, se encuentra “Semblanzas literarias contemporáneas”, donde don Salvador realiza un análisis, ampliado en obras posteriores, sobre el alcance de la literatura como expresión del espíritu nacional y considera El Quijote como la quintaesencia de la españolidad.
Sigue contándonos Preston que don Salvador de Madariaga tuvo siempre muchos rasgos quijotescos que influyeron de forma muy clara en sus realizaciones y en sus desengaños más importantes. Su papel y su influencia, fundamentalmente en la política de la España de su tiempo, fueron mucho menores de lo que pudieron haber sido, precisamente a causa de sus rasgos idealistas y quijotescos.
Don Salvador estaba hermanado a Don Quijote por la ilusión, y esta ilusión que para él se traducía en la búsqueda de un orden mundial perfecto, basado en las libertades, le situaba, al igual que a Don Quijote, un tanto fuera de la realidad de su tiempo pero quiso, según sus propias palabras, “seguirle hasta la muerte, la muerte de la ilusión que es la cordura”.
Mucho se podría desarrollar sobre las relaciones o conexiones existentes entre El Quijote y nuestro carácter nacional, y me vuelvo a plantear otra cuestión: estas claras conexiones ¿nos han resultado positivas o negativas en nuestro trascurrir histórico? Creo que lo mejor es no entrar a analizarlo. Parafraseando al filósofo, nosotros somos nosotros y nuestras circunstancias y si quisiésemos renunciar a ellas, tendríamos que renunciar también al Quijote y, en el peor de los casos, es una hermosa compensación.
Por su relación con el idioma quiero concluir este comentario contándoles un curioso caso que me ocurrió en un hotel de Cancúm (México) hace ya unos años.
Llamé desde mi habitación para solicitar una cena ligera ya que, por cansancio, no me apetecía bajar al restaurante. Al otro lado del teléfono, una voz femenina me contestó en inglés. Yo le indiqué que podía hablarme en “castellano”, (a fin de cuentas estábamos en un país cuyo idioma oficial es el castellano) y muy amable me contestó que ella sólo hablaba inglés y español.
De momento me quedé un poco cortado, creí que me estaba gastando una broma pero, tomándomelo con humor, le respondí: Pues mire por donde, señorita, de golpe ya sabe usted tres idiomas, inglés, español y castellano y ello, indudablemente, le va a venir de perlas para su particular curriculum.
Es que a mí siempre me ha gustado decir idioma “castellano”. No sé, quizá por aquello de que nació en la vieja Castilla, aunque, por supuesto, acepto con orgullo la denominación de idioma español. Que más da. Al final, estos conceptos quedan eclipsados ante la grandeza del idioma por sí mismo.
Normalmente, los piratas eran gentes sin patria y si rey. Digo, normalmente, pues los hubo con patria y rey reconocidos, y enviados por éstos a robar lo que codiciaban y no habían sido capaces de ganar o conquistar. Tal es el caso de Inglaterra durante el reinado de Isabel I, y de sus famosos corsarios Drake y Hawkins, provistos por su reina y su gobierno de patente de corso.
El trágico y romántico oficio de la piratería siempre fue rentable. Hubo piratas que llegaron a ser auténticos reyezuelos y a amasar inmensas fortunas. A todo esto hemos de añadir que pocos de ellos tuvieron el fin que merecieron sus desmanes y sus crímenes pues, o no llegaron a ser capturados, o se llegó a considerar por los gobiernos que mejor era tenerlos de su parte. Por eso, muchos de ellos fueron encargados, con importantes rangos militares, de vigilar los mares y mantenerlos limpios de sus antiguos colegas, lo que les permitió morir cómodamente en las camas de sus principescas residencias y no colgados del palo mayor sin mayores miramientos tal como afirma José María Carrascal en una reciente columna de ABC, que era el trágico final de estos legendarios bandidos.
La piratería es tan antigua como la navegación misma y, con altibajos en su ejercicio, siempre ha mantenido su actividad. Nuestra época actual no es una excepción, al contrario, puede que sea propicia para su desarrollo.
Los piratas somalíes están dando un empuje a los actos de piratería que han llamado la atención al mundo por su osadía y por lo que supone de ridículo para las grandes potencias, orgullosas de sus marinas de guerra que, hasta el momento, están resultando ineficaces. Éstos no tienen patria y, si me apuran, ni madre pues Somalia, donde en la actualidad reina la anarquía más absoluta, no puede considerarse hoy una patria para nadie.
Tardaron los gobiernos en darse cuenta de que lo de estos piratas somalíes no va en broma y se está pasando de los disparos de aviso a las intervenciones serias y reales contra ellos. Los EE.UU., ha tenido que organizar una verdadera operación, casi de guerra, para poder rescatar al capitán del “Maersk Alabama”, contando con orden expresa del presidente Obama de tirar a dar. Pero ha habido, y sigue habiendo hasta ahora, muchas contemplaciones que, muy posiblemente, se van a pagar caras.
Se empezó mal. Mismamente España cometió un grave error al pagar, o permitir el pago, del rescate de más de un millón de dólares por el “Playa de Bakio”. Había vidas en juego, sí, y había que hacer todo lo posible por salvarlas, pero de ahí a dejar que los piratas se marchasen alegremente con la pasta sin hacer nada por su captura... Eso fue una auténtica bajada de pantalones.
Así, estos facinerosos piratas somalíes, se fueron envalentonando mientras algunos gobiernos consideraban sus actos delictivos puras anécdotas. Pero, claro, un día salta la alarma y lo que antes se podía haber solucionado de forma más fácil, ahora se convierte en un problema y gordo.
Los piratas somalíes tienen actualmente secuestrados, a la espera de sustanciosos rescates, 18 barcos y más de 300 personas. ¿No se hubiese podido evitar esta situación? Pues ni se evitó ni se está evitando, y lo grave es que estas cifras pueden aumentar a corto plazo.
Queremos controlar el espacio exterior y no somos capaces de controlar nuestros mares. No somos capaces o, simplemente, no se hacen las cosas bien. El sector pesquero español, el más afectado por los actos de piratería, denuncia que el ministerio de Defensa no puede proteger a sus buques en Somalia y ha trasladado el problema a los mandos militares de la Unión Europea. Se sienten desprotegidos y a su suerte y, aún considerando que el Gobierno español está poniendo medios en la operación Atalanta, ven que sus intereses nos están ni medianamente protegidos pues estos medios sólo protegen la ruta de los barcos mercantes, tal como marca la Unión Europea.
No hace muchos días, una embarcación pirata persiguió durante todo un día a dos buques españoles. La distancia que separa la zona donde faenan los atuneros españoles y la base donde se encuentran los barcos, hace imposible cualquier operación de apoyo.
Este es un problema internacional que ya está alcanzando el suficiente calado como para hacer pensar en serio a los países afectados. Las grandes máquinas de guerra: buques y aviones, andan por esos mundos de Dios jugando a los espías, mientras los piratas somalíes ponen la cara roja a los gobiernos. Es de vergüenza. Al final, como siempre, habrá que empezar a pensar si no existirán otros intereses que desaconsejen una intervención seria y contundente.
Desde Jasón hasta el conde Félix von Luckner –último corsario moderno que siguiera la tradición de los grandes piratas clásicos- la larga lista de piratas, corsarios, bucaneros y filibusteros que en el mundo han sido, se estarán descojonando de risa y añorando no poder estar aquí ahora. Nunca lo habrían tenido tan fácil.
Este es un país de charanga. De caharanga y pandereta. ¡Que razón tenía Machado...! Y también de gaita. De gaita y tambor, que es lo que nos toca a nosotros, los asturianos.
Este es un país de "chorras" y, consecuentemente, de "chorradas". Aquí, alguien dijo un día (no muy lejano) que valía todo. Ese personaje se llamaba Alfonso Guerra. No era "El Guerra", fenómeno del toreo de principios del pasado siglo. Era un sevillano finolis, sinvergüenza donde los haya, intelectual falso, pero adecuado -como Godoy- a la usanza política de su tiempo. Un falso "zeñorito" andaluz que se creyó que España era un cortijo y que él era su nuevo e inutil propietario. Llegó, cómo no, a ser vicepresidente del Gobierno de España. Él y sus holgazanes hermanos -holgazanes pero hábiles- llegaron a marcar toda una época de corrupción y desmanes. Al final, ahí "eztá mihenmano que lo rezuelve to..."
Este Guerra no era "El Guerra" que acuñó aquella frase que decía: "Después de mí, naide. Y después de naide, Fuentes".
Fuentes fue un buen torero, pero de transición, como los buenos. Nadie se acuerda de Fuentes, pero Fuentes etá en los libros que hablan del toreo de clase y del toreo que sentó escuela. Breve, pero como la mayoría de lo breve, además bueno..
"Después del Guerrra, naide" Y después de naide, como mucho, Pepiño Blanco... ¡Coño!, en España siempre hubo buenos cómicos. El humor español está en los primeros lugares del humor del mundo mundial. Si en España no hubiéramos tenido humor ¿que hubiese sido de nosotros...?
Ahora no hay "naide". No hay borrachos ilustres. No hay graciosos que animen una tertulia de bar. No hay gente con humor. Los borrachos juran, faltan a la gente y hay que apartarse de ellos. Los niños progres se drogan. Se meten unos chutes que vale más pasar a su lado sin saludar.... No hay clase. No hay categoría.. No hay humor del bueno. ¿Qué queda en esta España de "charanga, pandereta, gaita y tambor..."? Pues eso me pregunto yo: ¿Qué queda?
Pues quedan algunos vídeos de humoristas que hoy tenían que tener, por lo menos, la medalla al mérito de sufrimientos por la patria. Son aquellos que nos hicieron más fácil la vida. Con clase, con categoria, sin jurar y sin chutes...
Pero, después de ellos "naide" y ¿después de "naide"....? Bueno, eso queda a la elección de ustedes....
Pues estas eran las "cosiquinas" de Tony Leblanc. Otra "chorrada más". Pero ¡macho! con más clase. Con más categoría... Hoy al verlo me he reído. Me he reído como hacía tiempo que no la hacía. Claro...¡eran otros tiempos...!
"Nunca más dejará el poder de estar en nuestras manos...."
(Manuel Azaña)
El 14 de abril de 1931, tras unas elecciones municipales cuyos resultados fueron de marcado signo republicano, se proclamaba en España la II República. Alfonso XIII, dejaba Madrid y se encaminaba a Cartagena desde donde embarcaría hacia el exilio del que nunca más regresaría:
“Las elecciones celebradas el domingo me revelan claramente que no tengo hoy el amor de mi pueblo….. Hallaría medios sobrados para mantener mis regias prerrogativas, en eficaz forcejeo con quienes las combaten. Pero, resueltamente, quiero apartarme de cuanto sea lanzar a un compatriota contra otro en fratricida guerra civil”.
Juan de la Cierva, ministro del Rey, se dirigía a él en estos términos: “Señor, se equivoca si piensa que su alejamiento y pérdida de la corona evitarán que se viertan lágrimas y sangre en España. Será lo contrario, señor". Palabras en cierto modo proféticas las del ministro de la Cierva. España no tardaría en volver a los campos de batalla.
El extracto que transcribo del documento que el Rey entregó al presidente del último consejo de ministros, capitán general Aznar, y que iba dirigido al país, es un texto muy expresivo y digno. Sin embargo, personalmente, no creo que Alfonso XIII tuviese la seguridad de que “hubiese hallado sobrados medios para mantener sus regias prerrogativas”. No. No lo creo así. La monarquía que representaba ya estaba agotada, caduca y carente de principios e ideas de progreso. Además, ayer como hoy, España no tiene mayor inconveniente en acostarse monárquica y levantarse republicana, como alguien proclamó. Muchos monárquicos ya habían empezado a abandonar el barco.
Pero aún así, las izquierdas impusieron una legalidad sectaria, y luego se sublevaron contra ella en octubre de 1934, después de que el pueblo diera la victoria a la derecha en las elecciones del año anterior. Así las cosas, se hizo poco menos que imposible la convivencia nacional.
Desde sus primeros días, la República hubo de afrontar constantes desórdenes. A pesar de que el Gobierno se inclinó notoriamente a la izquierda, los causantes de los disturbios eran, fundamentalmente, izquierdista a su vez. Paradoja que a muchos cuesta admitir hoy o que, simplemente, se oponen frontalmente a aceptar la realidad de lo que fueron aquellos tristes cinco años.
La República fracasó en prácticamente todos sus objetivos políticos y sociales. Durante este periodo, los distintos gobiernos trataron de poner en práctica medidas de distinta índole que hiciesen progresar al país y algunas, como la reforma agraria, entraron frontalmente en conflicto con los sectores conservadores más radicales lo que llevó al país a graves enfrentamientos sociales.
España no caminaba tampoco, bajo este régimen republicano, hacia el progreso tan cacareado. Por el contrario se pronunciaba más la injusticia social, la inestabilidad y la violencia laboral, los ambientes de delincuencia, el anticlericalismo y el odio al ejército. El problema agrario se acentuaba y afloraba en el pueblo el odio, el hambre y la anarquía. La República acabaría entregándose en brazos de comunistas y anarquistas, cuyo único objetivo era la destrucción del Estado.
Intelectuales de primer orden que habían prestado su apoyo incondicional a la naciente República (Ortega y Gasset, Marañón, Pérez de Ayala…), reculaban y dejaban solo a Manuel Azaña, quien tardó mucho en comprender sus posturas. De ahí que, en cierta ocasión, le comentase con una amarga desilusión a Sánchez Albornoz: “Tener miedo es humano, y si usted me apura hasta de inteligentes, pero ese miedo hay que soterrarlo cuando hay deberes públicos que cumplir”. No entendía, el último presidente de la República, que no era miedo lo que hacía abandonar el barco a aquellos intelectuales.
Lo que podía haber constituido el lanzamiento de España hacia la modernidad y el progreso, casi se convierte en su tumba. Pero siempre hay un gran culpable para un gran error. En este caso no fue Azaña ni los presidentes que le precedieron. No fueron los comunistas, ni los anarquistas, ni los revolucionarios de octubre del 34. En este caso fue un general pequeño, inculto, mal militar, de voz de pito, bajo y regordete. ¡Pues menos mal…!
(Francisco Franco, refiriéndose al asesinato de Carrero Blanco.)
Existen libros que son indispensables para conocer y comprender determinadas épocas de la Historia. Para conocer y comprender la segunda mitad del siglo XX en España, es imprescindible acudir a un libro interesantísimo que, de alguna forma, se me antoja injustamente olvidado. Se trata de “Don Juan”, de Luis María Anson (Plaza & Janés Editores, S.A., Barcelona. Primera edición: noviembre de 1994), centrado en la vida de Don Juan de Borbón, conde Barcelona, y padre del actual Rey de España, Don Juan Carlos de Borbón. Esta Semana Santa, por salirme de la rutina de mis lecturas, retomé este libro y, como suele ocurrir con los libros, siempre se encuentra algo nuevo en ellos. Algo nuevo u olvidado, que merece la pena recordar.
Dentro de este libro, me encontré también con algunas notas, añadidas por mí, y con un recorte de prensa que ya creía perdido y que me alegró recuperar.
Todo ello está relacionado con un pasaje que aparece en el libro. Un pasaje que, muy probablemente, cambió de raíz la historia de España en una fría mañana de diciembre del año 1973, cuando el coche del presidente del Gobierno español, don Luis Carrero Blanco, volaba por los aires en la madrileña calle de Claudio Coello, víctima de un atentado de la banda terrorista ETA.
Allí se ponía fin, muy probablemente, a la continuidad del Franquismo después de Franco. Allí se empezaba a desatar lo que, según el propio Franco, estaba “atado y bien atado”. Allí, es posible que diese comienzo la llamada “Transición”.
Pero, como en todas estas cuestiones de gran relieve histórico y político, siempre quedan enigmas que nunca se resolverán. Siempre quedan preguntas a las que nadie contesta, mentiras completas y verdades a medias. Trabajo, en fin, para los historiadores e investigadotes que, como ya he comentado en otras ocasiones, tendrán que cerrar los hechos con hipótesis y nunca con pruebas contundentes.
La pregunta que Luis María Anson se hace en su libro es: “¿Conocía o no el falangista, antimonárquico, antijuancarlista y ministro de la Gobernación (ahora Interior), Carlos Arias Navarro, que un comando de ETA trabajaba en la calle Claudio Coello?” He aquí una de esas preguntas que difícilmente encontrará respuesta en la Historia.
López Rodó, compañero de Arias en el Gobierno, escribe más tarde: “Es sorprendente que los Servicios de Seguridad del Estado no tuvieran información acerca de una galería subterránea que venía excavándose durante varias semanas bajo una calle por la que pasaba diariamente el presidente del Gobierno”.
Yo he pasado muchas veces por esa calle y por el inmueble, desde cuyo interior se excavó la galería. Si medimos, en línea recta, no sé si habrá doscientos metros hasta la puerta principal de la embajada de los EE.UU en la calle Serrano. Pues los servicios de seguridad, y de inteligencia, de esta embajada que, estoy seguro, pueden tener en posesión muchas conversaciones privadas de personajes y simples ciudadanos madrileños, tampoco se enteraron de nada de lo que estaba ocurriendo casi “debajo de sus camas”.
Otra víctima de ETA, el jurista Fernando Múgica Herzog –hermano del actual Defensor del Pueblo-, poco antes de ser asesinado por la banda, envió a Luis María Anson, a la sazón director del diario ABC, una carta en la que elogiaba su libro y publicaba su testimonio revelador de la incierta frontera en la que el poder político deja hacer en la comisión de un magnicidio. En estos términos se dirigía Múgica Herzog a Luis María Anson:
“Al hilo de su “Don Juan”, me voy a referir a un hecho muy concreto que durante más de veinte años me ha estado llamando la atención, hecho en el que usted coloca las mismas interrogantes que durante tantos años me he estado planteando: ¿hasta que punto el ministerio de la Gobernación sabía –o incluso sabiéndolo, dejo hacer- o, todavía más incluso en alguna forma no fue ajeno al suceso del asesinato de Carrero Blanco?”
Múgica Herzog, añade a su reflexión su peripecia personal del día mismo del asesinato de Carrero:
“El día 19 de diciembre se celebraban elecciones a Decano en el Colegio de Abogados de Madrid, con un ya claro trasfondo político. Como colegiados que éramos en este Colegio madrileño –aunque trabajábamos y residíamos en San Sebastián- nos habíamos desplazo en automóvil a la capital, mi hermano Enrique, José Ramón Recalde y yo.
Serían las 9,30h cuando, al regresar el día 20, hicimos una breve parada en un bar de la Castellana para desayunar y continuar ruta. Más o menos en aquellos minutos acababan de volar el coche de Carrero y no nos habíamos enterado de nada. Continuamos y nos detuvimos entre Miranda de Ebro y Pancorbo –en el Monumento al Pastor- para almorzar, donde, a través de un comunicado de la radio, nos enteramos del atentado que había costado la vida al Presidente del Gobierno. Reiniciamos ruta a San Sebastián, intuyendo en cada curva, detrás de cualquier árbol, una patrulla de la Guardia Civil presta a detenernos. Mi hermano Enrique y Recalde, habían sido huéspedes de las cárceles franquistas y, a mí, por haber sido defensor de procesados antifranquistas ante el T.O.P., se me había retirado el pasaporte en 1962, y no me fue devuelto hasta 1971.
Éramos, pues, carne de cañón en una previsible y eventual represión. Sin embargo, para nuestra sorpresa, en aquellos casi quinientos kilómetros por una carretera que conducía al País Vasco, y de consuno a Francia, no encontramos ni un solo guardia civil. Parecía como si alguien se hubiera preocupado de retirar controles, justamente lo contrario de lo que el policía más torpe hubiera ordenado hacer”. (*)
(*) (Testimonio recogido en ABC -"Pistolerismo contra la democracia"- el 7 de febrero de 1996, en carta a L.M. Anson, director del diario.)
Este testimonio de Fernando Múgica, puedo corroborarlo yo pues, ese mismo día, terminaba una misión de trabajo en Miranda de Ebro y, aunque no iba en dirección al País Vasco ni a Francia, sino a Panes, mi pueblo, a pasar unos días de vacaciones navideñas junto con mi madre, tampoco encontré en todo el trayecto ningún número de la Guardia Civil ni patrulla de Tráfico. Algo pasaba en España.
Recuerdo que al detenerme a tomar un café en Trespaderne, observé que no llevaba en mi coche la documentación del mismo, la cual había olvidado en el taller de chapa y pintura de donde lo acababa de retirar. He de confesar que mis piernas acusaron algún temblor y que lo que me restaba de viaje en aquel viejo "850" no fue, precisamente, de placer en ningún sentido. Sin embargo, tal como bien apunta Múgica, nadie me molestó en carretera, ni noté ninguna señal de que el magnicidio ocurrido en la madrugada en Madrid, nos fuese a traer graves complicaciones en materia de represión a los españoles.
Ahí queda el enigma y ahí quedan los testimonios. Como premio a la ineficacia, o quizá por eso mismo, Carlos Arias Navarro, principal responsable del asesinato de su Presidente, como ministro que era de la Gobernación, fue nombrado su sucesor al frente del Gobierno de España. Le iba a durar muy poco…. afortunadamente.