martes, 4 de noviembre de 2008

LA TRÁGICA EXPLOSIÓN DEL MACHICHACO (3-11-1893)



Viviendo yo en Santander, ya hace bastantes años, me pasaba con cierta frecuencia por un bar en el que concurrían muchos cazadores, algunos buenos amigos míos, que estaba en la calle “3 de Noviembre”, “El Pibe”. Alguna vez me pregunté que tendría de particular esta fecha, pero tardé tiempo en preguntarlo y saber que recordaba.

El 3 de noviembre de 1893, se produjo en el puerto de Santander la explosión del vapor “Cabo Machichaco”, constituyendo una de las mayores tragedias –junto con el incendio de 1941- que tuvo que soportar la capital montañesa, y la mayor, de carácter cívico, acaecida en España en el siglo XIX.

El “Cabo Machichaco” fue un barco de vapor perteneciente a la Compañía Ybarra que prestaba servicios de cabotaje entre Bilbao y Sevilla, con escala en Santander a cuyo puerto acababa de arribar con una carga mortífera. El 3 de noviembre, el vapor abandonó el fondeadero de la ría de Astillero tras haber cumplido el plazo reglamentario de cuarentena, a causa de la epidemia de cólera que se extendía por su puerto de origen, Bilbao, atracando en el muelle saliente número 1, conocido como la tercera machina, frente a la actual calle de Calderón de la Barca.

Entre otras mercancías, el “Machichaco” transportaba algo más de 51 toneladas de dinamita procedente de Galdácano y varios garrafones de ácido sulfúrico en cubierta. De acuerdo con el Reglamento del puerto de Santander, cualquier buque que transportase dinamita debía efectuar sus operaciones de carga o descarga en el fondeadero de La Magdalena o al final de los muelles de Maliaño. Sin embargo, esta normativa parece ser que era incumplida sistemáticamente con la connivencia de todos los responsables en aplicarla.

En este sentido se manifiesta el historiador santanderino, Rafael González Echegaray, quien critica duramente la actuación del las autoridades portuarias que permiten el continuo incumplimiento de lo reglamentado:

“Lo que ocurría, sencillamente, es que desde aquél mismo instante había quedado patente la infracción de los Reglamentos Portuarios cometida por parte del buque, de su consignatario, de la aduana y de las autoridades en general. Todos, absolutamente todos, eran culpables por imprudencia o negligencia, en mayor o menor medida, y además no tenían noción exacta de lo que estaban arriesgando en aquellos momentos”.

Hacia la una y media de la tarde de ese fatídico día, 3 de noviembre, las autoridades locales fueron informadas de que se había declarado un incendio a bordo del “Machichaco”, que se intentaba apagar con los pocos medios disponibles del barco, los de los bomberos, que también eran escasos, y los del gánguil de la Junta del Puerto. Ante la situación creada, la mayoría de las autoridades locales y técnicos, se involucraron en el incendio para tratar de sofocarlo. El incendio, que empezó en la cubierta y se propagó por las bodegas de proa, surgió como consecuencia de la explosión de una de las garrafas de vidrio situadas en la propia cubierta y que contenían el ácido sulfúrico.

Tripulaciones de algunos barcos anclados en el puerto, prestaron su ayuda en el intento de extinguir el fuego, entre otras, la del vapor correo Alfonso XIII que había llegado el día anterior a Santander tras su primer viaje a Cuba. También aportó su valiosa ayuda el trasatlántico español “Catalina” de cuya tripulación formaba parte “Pachín González”, personaje que inspiró a José María de Pereda la novela del mismo nombre.

El fuego del barco atrajo a multitud de curiosos que, ajenos al contenido mortal de las bodegas, contemplaban despreocupadamente el fuego. Una hora después estallaron las bodegas. Muchos edificios cercanos de la calle Méndez Núñez, se derrumbaron. La onda expansiva se propagó por toda la bahía y cientos de fragmentos de hierro y otros objetos salieron disparados a varios kilómetros de distancia. La explosión produjo además una inmensa ola de agua de millares de toneladas, que arrastró a muchas personas al mar. Todos los que estaban a bordo dejaron su vida en la explosión.

El trágico resultado fue de 590 muertos y 525 heridos. Santander tenía en aquel tiempo 50.000 habitantes censados. En esta tragedia fallecieron la mayor parte de las autoridades civiles y militares de la provincia, incluido el gobernador civil, además de bomberos, trabajadores y curiosos que se habían acercado a observar como ardía el barco.

La magnitud de la explosión fue tal, que un calabrote llegó hasta la localidad e Peñacastillo, a unos ocho kilómetros de distancia, y mató a una persona. Un guardia halló dos piernas sobre el tejado de un almacén de madera a una distancia de dos kilómetros. En la playa de San Martín, a kilómetros de recorrido, apareció el bastón del gobernador civil, Somoza, que junto con otras autoridades se hallaba a bordo en el momento de la explosión. El ancla del vapor, fue a parar al patio del colegio LaSalle, a pocos metros del Alta, donde muchos años más tarde aún se podía ver como fúnebre monumento a una desgracia insospechada.

José María de Pereda, narrador y notario del acaecer del Santander de su tiempo, nos cuenta, de forma novelada, esta tragedia naval en su ya citada obra “Pachín González”.

Todos los años, al igual que hoy, el Ayuntamiento de Santander honra la memoria de aquellas víctimas.

Hoy, queda el recuerdo, el triste recuerdo, pero las heridas están curadas. Santander, la novia del mar, sigue con su pecho abierto para acoger a cuantos barcos quieren abrigarse en su hermosa bahía. Una bahía que sabe de amor y dolor, de reencuentros y despedidas, que sigue ahí, tan bella y tan acogedora como la hizo Dios en su reparto de privilegios sobre este planeta.



JORGE SEPÚLVEDA - "SANTANDER"

viernes, 31 de octubre de 2008

NOCHE DE DIFUNTOS

Cuando yo era muy joven, descubrí en la biblioteca del colegio un pequeño libro de Gustavo Adolfo Bécquer. Aquél librillo contenía sólo algunas de sus leyendas, pues otras las fui conociendo en posteriores ediciones que llegaron a mis manos.

Aquella tarde, que recuerdo lluviosa e invernal (quizá fuera por estas mismas fechas) comencé su lectura por la primera leyenda que el libro recogía: "El Monte de Las Ánimas".Yo, desconocía estas preciosas leyendas de Bécquer, pues hasta entonces sólo había leído algunas de sus rimas, y he de confensar que a mí, dado por naturaleza a lo misterioso, me entusiasmaron.

Volví tarde tras tarde a la destartalada y poco dotada biblioteca, hasta que terminé de leer el pequeño libro.

Pasado el tiempo pude comprarme una edición de las obras completas del poeta romántico, donde se recogían sus "Rimas y Leyendas" y también otros escritos menos conocidos. Más tarde conseguí otro libro con sus "Cartas desde mi celda" en las que también el autor se sumerge en viejas tradiciones aragonesas y castellanas y donde nos cuenta la historia de las "Brujas de Trasmoz".

No sé si habrá pasado algún año desde aquella mi primera lectura, en que, en una noche como esta, de difuntos, no haya vuelto a releer la narración de "El Monte de las Ánimas". Para mí es casi como un ritual, y nunca me cansa. Siempre la encuentro novedosa en algunos aspectos, y siempre me dejo llevar por su misterio y su belleza descriptiva.

Hoy también la leeré. La tengo aquí a mi lado en una edición sencilla para que no me incomode en la cama. Además su letra es un poco grande, que ya se van notando los problemas de enfoque visual, al leer con luz eléctrica.

Hoy me gustaría soñar con las nieves del Moncayo, con templarios descarnados pero cubiertos con su hábito blanco impecable, como auténticos fantasmas de una noche interminable, llena de magia y horror a la vez. Escucharé, si me llega la imaginación, los cascos de los caballos golpear sobre las estrechas y empedradas calles de Soria y los cuernos de los cazadores llamando a retirada.

"Hoy es noche de difuntos y dentro de poco sonará la oración en los Templarios, y las ánimas de los caballeros difuntos comenzarán a tañer su campana en la capilla del monte: del Monte de las Ánimas".

jueves, 30 de octubre de 2008

EL DÍA DE LOS SANTOS

Llevo unos días que me está dando vueltas en la cabeza toda esta obligación que nos hemos creado de visitar a nuestros antecesores, ya fallecidos, el día 1 de noviembre, día de “Todos los Santos”, en nuestro cementerio parroquial.

Sé que con mi opinión, puedo herir susceptibilidades, y puedo resultar poco grato a quien sigue estas tradiciones al pie de la letra. Yo también soy amante de las tradiciones, y lo he manifestado muchas veces a través de mis escritos, pero quiero centrar esas tradiciones en un plano que no se hagan inquisitorialmente obligatorias, y que sólo sean la manifestación de un día determinado, que no significa nada y que sólo nos trae incomodidades impuestas por un calendario que hasta deja de ser religioso para convertirse en algo comercial y casi hasta pagano.

Pasado mañana, en nuestro calendario católico, se celebra el día de “Todos los Santos”. Es obligado visitar el cementerio donde descansan nuestros antepasados y limpiar las tumbas y blanquear los sepulcros.

“Sepulcros blanqueados”, que ya denunció hace dos mil años nuestro señor Jesucristo. Sepulcros para los que no miramos en todo el año, hasta que una fecha impuesta nos hace acercarnos a ellos, sin ninguna gana en muchos casos, pero que nos lo impone una cuestión claramente social y pagana.

Al blanquear los sepulcros, nos blanqueamos exteriormente nosotros mismos falsamente. Cumplimos con un deber, que no es deber, y al que yo me niego a cumplir por haberse convertido en imperativo legal. Lo siento pero no.

Yo ya no estoy dispuesto a que la falta de curas te haga ir al cementerio a las tres de la tarde, a la puñetera carrera, lloviendo muchas veces, volviéndote de la mitad del camino, y sin enterarte de lo que pasa.

El cementerio de mi pueblo es también parte de mi casa. Allí están mis padres y otros muchos familiares a los que quise y quiero. Muchos días al año, que no son 1 de noviembre, le visito y disfruto de él. Sí, disfruto de él. Me siento en cualquier tumba de cualquier conocido, no sólo de mis familiares, y le recuerdo. Recuerdo sus cosas, sus anécdotas, su vida en la calle, y le digo que, aunque él, o ella, nunca lo supieron, yo les quería, porque eran mis vecinos, parte de la vida de mi pueblo y, por ende, parte de mi vida también.

Yo conozco la parte antigua del cementerio de mi pueblo como los pasillos de mi casa. Sé, aunque ya no haya ni rastro, donde está enterrado cada quien. A muchos no los he conocido en vida, pero es igual, sus historias y sus vivencias las he escuchado de otros y me resultan conocidos y queridos. Fueron mis paisanos y sé como fueron y como dejaron, a su muerte, huecos difíciles de rellenar.

Por eso a mí me gusta el cementerio de mi pueblo. Y no le tengo miedo a la noche que, en más de una ocasión, me pilló dentro de sus muros.

¿Quién puede hacerte daño de los que allí descansan, si con ellos, al menos con muchos, has vivido, has disfrutado y has pasado hasta penurias?

Yo no quiero el cementerio para un día. Lo quiero para pasar muchos días en compañía de los que hoy no están pero siguen estando. Yo quiero el cementerio, donde un día descansaré, para meditar sobre las incongruencias de este mundo actual. Sobre las imposiciones sociales absurdas que te llevan allí un día al año, y después no vuelves a pisarlo.

Yo, este año, no llevaré flores a mis padres el día 1 de noviembre. No me da la gana. Ellos tendrán flores cualquier día del año, y tendrán mi recuerdo y mi compañía como muchas tardes ignoradas. Pero no este día en que las flores alcanzan precios de escándalo y las razones comerciales, nada espirituales, abusan hasta de los muertos.

Me niego. Que nadie pregunte por mí y que nadie me llame descastado o cosa similar. El descastado y el sinvergüenza será él, que hoy acude al cementerio por que la sociedad lo demanda, y no vuelve en todo el año.

Es posible que a alguien haya ofendido con mis comentarios. Que me perdone pues. Pero, dicho lo dicho, me mantengo en ello.

Yo sé que quien tiene que comprenderme, me va a comprender. El resto no me importa.

miércoles, 29 de octubre de 2008

AQUELLAS COCINAS DE ANTES

Siempre me he sentido yo orgulloso de ser de pueblo. Los nacidos y criados en pueblos hemos tenido la oportunidad de sentir sensaciones únicas que nunca han sentido los capitalinos o, de haberlas sentido, han sido, sin duda, en menor medida.

Siempre es reconfortante llevar la mirada atrás y recordar cosas y costumbres de los pueblos. Hoy, por supuesto, siguen existiendo pueblos pero no como los de antes. Los pueblos cambian porque la vida cambia y es imposible dar la espalda a determinados avances y supuestas comodidades y modernidades que entran, sin defensa posible, en todas las casas.

Puede parecer absurdo añorar un pueblo con callejas sin asfaltar, que se embarraban y se hacían prácticamente intransitables en invierno. Puede parecer absurdo añorar las cocinas de carbón y leña que eran el alma de todas las casas de los pueblos, hoy sustituidas por sistemas más limpios y cómodos en todos los aspectos. Y, también, puede parecer de ultranostálgicos (permítaseme el palabrejo) añorar los ladrillos refractarios que tan bien conservaban el calor y que teníamos que llevarnos a la cama para que, al menos nuestros pies, entraran en calor, entre aquellas sábanas y mantas que parecían mojadas por la humedad que nos penetraba hasta la médula de los huesos.

Pues perdónenme pero yo lo añoro. Es inevitable que cuando nos llega una invernada como la que estamos sufriendo por aquí, no se vaya mi recuerdo hacia la casa en que nací en mi pueblo de Panes, donde la humedad y, consecuentemente, el frío son datos a tener en cuenta.

Recuerdo con nostalgia la cocina de carbón y leña que sólo mi madre sabía poner a punto desde primera hora de la mañana. Recuerdo su olor peculiar, que algunas veces regresa a mis sentidos, aunque éstos no tengan la pureza y sensibilidad de aquellos años.

Allí, en aquella cocina nos reuníamos todos al calor de la lumbre. Allí se escuchaba la radio, máximo hasta después del “parte” de las diez, y en el horno se calentaban los ladrillos que envueltos en un paño nos llevábamos a la fría y húmeda cama.

No puedo olvidarme del olor a castañas que se asaban sobre la chapa que, a veces, se ponía al rojo vivo, ni del sonido al hervir el agua que en un recipiente lateral calentaba para cualquier necesidad que hubiese. Recuerdo, también, la cazuela con hojas de eucaliptos que hervían y daban aquel vapor aromático con que combatías los catarros y calmabas las largas sesiones de tos.

Aquellas cocinas, además, lo quemaban todo. No había en los comercios tantos envases ni bolsas de todo tipo como hay hoy. Por eso yo no recuerdo una de las incomodidades y problemas que hoy suponen las basuras. Todo se quemaba allí y mi madre nunca decía “baja la basura” sino “baja la ceniza”. Un día sí y otro no, se llenaba un caldero de cenizas que íbamos a tirar a unos caminos un poco apartados y que seguro que venían hasta bien para la solidez del suelo.

Hoy todo es distinto. Puede resultar más cómodo, de hecho es así, pero nada es tan entrañable como aquello que se fue quedando atrás.

Con aquellas casas y con aquellas cocinas, hoy ya desaparecidas en su gran mayoría, se fue una época, un estilo de vida, un arte y muchas leyendas y tradiciones orales que hoy hay que dar por perdidas.

No vamos a hablar ya de cualquier pote cocinado lentamente en aquellas chapas y en aquellas ollas. Eso no tiene valor para quien no lo saboreó.

Hoy podremos vivir muy cómodamente. Nunca pasaremos frío en casa. Una comida se puede preparar en media hora, o menos. Tenemos agua caliente a disposición a cualquier hora del día. Pero es otro calor y otro sabor. Nada tan agradecido y valorado como el calor de aquellas cocinas que unían a las familias y fomentaban el diálogo y la comunicación entre sus miembros.

Nada como el olor a eucaliptos y a castañas. Nada como el gorgojear del agua caliente, el chisporrotear de la leña y el estallido de las castañas. Nada como los ladrillos que calentaban tus pies.

Lo de hoy, lo tenemos aquí, nos sentimos cómodos con ello. Pero no nos despierta ninguna sensación. Esto no tiene ningún mérito.

martes, 28 de octubre de 2008

MÚSICAS DE NOCHE OSCURA

Cuando otras obligaciones aprietan, no es fácil dedicarse a tus aficiones favoritas, como es ecribir algo en este blog, donde echas fuera, todo lo que se se agita dentro de tus pensamientos.

Mañana pasaré "talleres", es decir, un reconocimiento médico que me dirá como andan los "adentros" despues de mi susto de hace pocos meses. Yo, cuidar, cuidéme, ahora ello lo dirá. Pero no pensemos en cosas así. Ni en la invernada que dicen que nos viene. Tiene que venir, y nosotros no vamos a estar desprevenidos. La haremos frente como otros años. Dichosos los que podéis tomar vino...

Hoy os dejo con un poco de musiquilla..... Todos sabéis que en este país cualquiera puede ser presidente de gobierno. También, cualquiera puede cantar y tener cierto éxito, aunque se escoja para ello un tema de difícil interpretación.

Todo es manipulable y susceptible de cantar por quien se atreva. Ejemplo.....


BACCARA - "Granada"

Mañana les contaré cosas. Que tengan una feliz noche y hasta mañana si Dios quiere.

domingo, 26 de octubre de 2008

GARZÓN LLAMA A LOS FALANGISTAS QUE AÚN VIVEN

Cualquier falangista de primera hora, "camisa vieja" que viva hoy, tendrá como mínimo noventa años, y ninguno de ellos ha sido responsable del gobierno de España durante los años franquistas.

Fueron hombres o mujeres que, dentro del régimen, tuvieron determinados puestos de cierta responsabilidad, pero no creo, ni está demostrado, que ninguno de ellos se hubiese dedicado a firmar penas de muerte.

Fueron gentes que, como ocurre ahora con el socialismo gobernante, les tocaron puestos de trabajo en la Administración por el mero hecho de ser falangistas o, simplemente, adictos el régimen. Igual, exactamente igual que ocurre ahora, con el agravante de que se dice que esto es una democracia y que todos los españoles somos iguales ante la ley. Por lo tanto, es mucho más grave lo que está ocurriendo ahora que lo que ocurrió bajo un régimen dictatorial en el qué -yo lo sé porque lo viví, y muchos también lo saben aunque no lo quieran admitir- se adjudicaron muchos puestos a personas que habían sido, manifiestamente, contrarias a la sublevación militar del 36, y que luego se “reconvirtieron”. Solamente de mi pueblo les podría citar a varios. ¿Qué no habría a nivel nacional?

Ahora, Baltasar Garzón, puede llamar a declarar a los pocos que quedan de esa época. Personas que se honran en ser o haber sido falangistas. Personas que están orgullosas y satisfechas de haber cumplido con el deber que les tocó cumplir en aquél momento. Personas que no van a negar nada, ni por miedo a Garzón, ni por miedo a un sistema mucho más cruel y depravado que en el que ellos participaron. Personas que su próximo destino será formar junto a sus compañeros fallecidos.

Se abrió la caza de los “nazis” españoles. Garzón, un arquetipo que, según opinión de la gran mayoría de intelectuales, políticos, jueces, deportistas, artistas y demás familias que pueden hacerse oír en España, ha perdido los papeles y se ha embarcado en una aventura sin sentido que el único resultado que va a tener es el apoyo a un gobierno sectario y manipulador, que sólo tiene como norte la descomposición de la España que los hombres y mujeres que hoy han llegado a cumplir más de noventa años, supieron alejar de los peligros y engaños de un Frente Popular arrodillado ante la Unión Soviética, rompe la paz de estas gentes y busca en sus humildes historias responsabilidades que pudieran purgar.

Si Garzón no es capaz de respetar a los muertos ¿cómo iba a ser capaz de respetar a los vivos?

A mí me ha tocado vivir en mí época. Ni he sido falangista, ni tan siquiera del Frente de Juventudes. Nunca me puse un uniforme de falangista ni en la escuela de mi pueblo. He cantado el “Cara al Sol”, porque es un himno que me encanta, pero sin que nadie me hubiera obligado a hacerlo.

Siempre he sido de “derechas” y siempre me he sentido orgulloso de serlo, aunque nunca he menospreciado a la “izquierda” porque contiene una doctrina política –que nunca se ha llevado a cabo- tan digna como cualquier otra ideología. Tengo, y me siento orgulloso de ello, muchos amigos de izquierdas, que nos respetamos y compartimos inquietudes políticas desde nuestros distintos puntos de vista.

No he deseado nunca nada de lo que no me ha correspondido vivir, pero hoy me hubiese gustado tener noventa años y haber sido falangista. Y hubiese gozado con que Garzón me llamase para pedirme cuentas.

Me hubiese puesto mi antigua camisa de falange, con el yugo y las flechas, abiertos los botones hasta mitad del pecho. Le hubiese mirado fijamente a la cara y le hubiese escupido en ella. No por mí, por España y por todos mis compañeros que un día, ya lejano, inventamos una nueva España que ya estaba podrida, y a la que gentuza como él quieren regresar.