lunes, 9 de noviembre de 2009

EL ALAKRANA.

¡Barco español, paisa! : barato, barato y pago sin problemas.



El asunto del buque atunero, Alakrana, secuestrado en el Índico por piratas somalíes, debe hacernos meditar seriamente. Se está escribiendo y opinando mucho sobre la cuestión y, quizá, no sea ni bueno. En este momento se deben olvidar algunas cosas –que no carecen de importancia- y hay que centrarse en la realidad de los hechos. Esta realidad es que se trata de un barco español tripulado por españoles (gallegos y vascos) secuestrado por una cuadrilla de piratas, terroristas y gentes sin patria y sin bandera. Somalia es, hoy por hoy, un agujero negro en la geografía política mundial. Es un territorio que carece de gobierno, de leyes, de dignidad y de cualquier voluntad de colaborar con la Comunidad Internacional. Hoy, Somalia, se diga lo que se diga, no existe como entidad nacional, con independencia de que tenga un nombre y unos límites geográficos. El mundo asiste a este hecho, impasible y sin capacidad de respuesta clara y eso constituye el auténtico poder y la fuerza que asumen los piratas que están haciendo sonrojar a supuestos estados de derecho, como es en la actualidad el caso de España.

Ante estos hechos, los gobiernos de los países afectados tienen dos soluciones: Una es tragar, vergonzosamente, las exigencias inaceptables de los piratas, es decir, pagar y humillarse ante una banda de terroristas –cosa que no le va a quedar más remedio que hacer al Gobierno de España para poder devolver a casa, sanos y salvos, a los treinta y seis tripulantes del Alakrana- u, otra, hacer valer el derecho internacional sobre la tierra y los mares.

Con independencia de que el actual Gobierno de España esté mostrando nuevamente su incapacidad de respuesta ante hechos tan denigrantes -incapacidad que ha venido ejerciendo estos últimos años con sus problemas de terrorismo internos- la Comunidad Internacional debe reaccionar sin demora y tratar de poner orden en esas aguas y en esos territorios de nadie, a merced de estos grupos de piratas terroristas.

Del Gobierno español, que tantas veces ha mostrado sus dotes de soberbia y su incapacidad para solventar cuestiones tan delicadas, si no es a través de la bajada de pantalones y del desprestigio internacional, poco o nada se puede esperar. Por presiones internas acabará buscando, y encontrando, recursos jurídicos que le permitan extraditar, comiéndose la vergüenza, a los dos piratas que, en su día, trasladó a España sin sopesar las consecuencias que ello podría acarrear. Luego pagará católicamente los rescates y, encima, acabará presumiendo, y vendiendo, una gestión diplomática exquisita y fructífera. Pero mañana será otro buque el que caerá en manos de los piratas, pasado mañana será otro y, así, no se puede vivir.

Si el supuesto estado somalí no da garantías y los piratas siguen campando por sus fueros, habrá que tomar otras medidas. El mar es inmenso, pero también aísla. Los piratas tienen sus bases en tierra y sin ellas son inoperantes. Allí es donde hay que tomar las medidas. Ese tipo de medidas que se han tomado en otros países, en otros territorios, por razones mucho menos importantes. Pero, claro, de Somalia poco se puede traer. Allí no hay petróleo ni otras lindezas. No interesa. Allí sólo se puede ir a defender la dignidad de los países, supuestamente libres, y la seguridad de sus trabajadores, y eso a pocos países les interesa. Por supuesto para España y para su actual Gobierno, ha quedado demostrado que no constituye una prioridad.

Arturo Pérez Reverte, se preguntaba en uno de sus últimos artículos en XL Semanal que a quien defiende el Ministerio de Defensa. Yo también me hago esa pregunta. El Ministerio de Defensa español puede mandar al Ejército en misiones de paz (como una ONG más) a cualquier país donde nada se nos ha perdido. Puede mandar a morir a nuestros soldados a cualquier territorio sin saber por qué mueren. Ellos mandan y pueden hacerlo, pero no pueden poner tropas a disposición de un sector de trabajadores españoles a los que, en sus cabezas, se ofende la dignidad nacional y, un día sí y otro también, se nos mea y se nos escupe a la cara.

España es, hoy por hoy, la víctima propiciatoria y la pagana de esta cuadrilla de quinquis. “Barco español, paisa, barato, barato. Rescate asegurado y sin problemas…”

Pero la Teresa, la de la Vogue, o como se llame, se ha ido a Argentina a ver a la otra dama impresentable; la de las piernas de chopo, la esposa del esposo que ha comprendido que en ese país aún hay algo que escaldar. Encima de una vergüenza, otra. Pero en España “tira que libras”. La culpa no la tienen ellos. La culpa es nuestra. Bien, pues a joderse, pague quien pague. Tenemos lo que hemos querido tener…..¡Qué vergüenza, oye...!

martes, 3 de noviembre de 2009

¿FURTIVOS...? FURTIVOS USTEDES.

Aquí, en Asturias y en Cantabria, los ríos que no han muerto se están muriendo. A sus aguas, los salmones ya no quieren ni asomarse o, quizá, es que no les dejan entrar a ellas. De todo puede haber y, de hecho, lo hay. Las aguas de nuestros ríos, antes puras y cristalinas, son hoy un fangal impresentable donde no puede vivir un ser que necesita respirar, por las branquias o por la boca.

Esto es algo que se viene viendo desde hace ya muchos años. Los ríos se mueren ante la pasividad y la inutilidad de los que deben cuidar de ellos. Los ríos se mueren ante la incompetencia, la ineficacia y el desconocimiento de los políticos de turno que tienen la responsabilidad de cuidar el medio ambiente y no saben, porque lo ignoran todo sobre el medio ambiente. La extrema degradación de nuestros ríos es su obra y su responsabilidad pero nunca la van a asumir. Tienen cara para eso y para mucho más.

Ahora resulta que el problema es de los furtivos. El descenso alarmante de capturas –y, por supuesto, de peces- es, según estos fenómenos de Oviedo o de Madrid, culpa de los pescadores furtivos. Yo me pregunto lo que pueden saber estos andobas de los río: ¿Cuantas horas, en su vida, han pasado a la orilla de un río? ¿Donde nacen los ríos? ¿Donde desembocan? ¿Cuando y por donde suben los salmones? ¿Cual es el proceso y la migración de un salmón? ¿Donde es más propicio ir a pescar truchas o salmones? ¿Sabrán algo de esto? ¡No tienen ni puñetera idea! Ellos dictan leyes y medidas desde un despacho, con un póster –grande, eso sí- del Cares, del Nansa, del Sella o del Narcea. Ellos buscan culpables, pero nunca les ha dado por pensar que los culpables pueden ser ellos.

Yo no nací a la orilla de un río, pero sí a cuatro cuartas mal contadas. A mí me arrulló el Cares muchas noches mientras sentía sus rugidos. Le oía desde mi casa en noches de crecidas cuando bajaba de los “picos” todo aquel tsunami de aguas, troncos de árboles y ganados muertos entre las aguas ocres de los barros de “Colio” que, según cuenta la tradición, teñían aquellos diablillos lebaniegos, habitantes de unas cuevas por donde el Deva se sumergía en extraños rituales.

Yo, de mozo, “trinqué” más de un salmón para poder tener en mi bolsillo cuarenta o cincuenta duros que nadie me hubiese dado. Los veías a flor de agua y algunas veces hasta les acariciabas el lomo mientras, casi en la superficie, buscaban aguas más calientes por el sol primaveral.

En mi pueblo había, de aquella, algunos pescadores furtivos. Eran gentes necesitadas que con quince o veinte salmones arreglaban, mal que bien, el invierno. Pero también, de aquella, las mesas del hotel Palacio se llenaban de salmones “legales” que todos los días se registraban y precintaban. El río daba riqueza para todos. Para unos, muy necesaria para su subsistencia; para otros era, simplemente, el triunfo de su aventura turístico-deportiva. El río sonreía a todos.

Eran tiempos difíciles, pero tiempos sanos. Eran tiempos en los que había que ser furtivo por necesidad. Y había furtivos, muchos más que hoy, pero el río, como digo, daba para todo.

Hoy, el río lo único que da es pena. Hoy no hay furtivos de necesidad. El furtivismo no está hoy en los ríos ni en los montes. El furtivismo está instalado hoy en otros espacios, en otros oficios y en otros estamentos. Pero cree el ladrón “que todos son de su condición” y del deterioro extremo de nuestros espacios naturales, producto de políticas erróneas, inútiles e ineficaces (furtivas al fin) se le echa la culpa a los furtivos. ¿A qué furtivos, hombre, a qué furtivos? Sí, hoy puede haber furtivos, pero no son aquellos que, por necesidad, frecuentaban nuestros ríos en tiempos de escaseces económicas, cuando más salmones se echaban a tierra. Hoy a los furtivos hay que buscarlos en las entradas de los ríos, o en sus desembocaduras, según como quieran verlo. Digo lo de las entradas porque ahí está el mal, ahí está el cáncer, ahí es donde hay que extirpar. Por ahí entran los salmones en los ríos pero, si no se les deja pasar…..

En las riberas del Cares, del Sella, del Narcea, del Nansa, puede haber algún irresponsable al que aún le queden reminiscencias de aquellos años de la necesidad de ser furtivo. ¿Y qué puede lograr…? ¿Pueden ser ellos la causa de esta debacle de nuestros ríos? No hombre, no. La culpa es de personajes como el señor delegado del gobierno en Asturias, don Antonio Trevín, que no sabe de que va la vaina. Don Antonio Trevín, como se ha publicado en la prensa regional hace pocos días, está dispuesto a mandar a los ríos asturianos a la División Acorazada “Brunete” (entiéndase, efectivos de guarderías, Guardia Civil y, si hace falta, ferroviarios) por tierra y aire…Así quiere el señor Delegado del Gobierno mejorar los ríos. Este señor se ha creído que esto es la “Revolución de Asturias” del 34. No hombre, no. Esto es una cuestión de política medioambiental de la que ustedes han demostrado que no conocen nada. Aquí no se trata de mandar a un nuevo López Ochoa a calmar a nadie. Aquí de lo que se trata es de poner orden en los vertidos que contaminan salvajemente las aguas de los ríos. De no permitir redes ni artes depredadoras en los estuarios. De poner al frente de estas políticas a gentes que sepan lo que es un río, un salmón y una trucha, es decir, que se hayan mojado los huevos muchas veces en las frías aguas de los ríos. De eso se trata, nada más, pero tampoco nada menos.

Echarle la culpa a los furtivos de este desastre de los ríos, es como llamarle arroyo al Amazonas o cerro al Himalaya. Pero tiene su ventaja: permite llamarles a ustedes caraduras, ignorantes y hasta sinvergüenzas.

domingo, 1 de noviembre de 2009

LOS IMPRESENTABLES HÉROES DE AHORA

Yo quiero volver a mi infancia y a mis lecturas de entonces. No me gusta esta vida ni quienes la protagonizan. Yo de niño –y tenía muy pocos- habría un cuento del Capitán Trueno, del Jabato, del Cachorro; en fin, de aquellos héroes que nos dibujaban algunos, dirigidos por la censura con el fin de formar nuestro “espíritu nacional”, y me divertía, me entusiasmaba y me hacía dormir bien. Yo me imaginaba que un día podría ser como ellos. Un paladín de la razón y de la honradez.

Mis hermanas leían cuentos de hadas. Eran unos cuadernillos de, a penas, ocho o diez páginas. Cuando murió, repentinamente, mi hermana María Jesús (Chuchina), con sólo trece años, en las más trágicas Navidades que yo recuerdo, dejó encima de su cama uno de aquellos cuentos de hadas. Yo lo recogí y lo guardé. Durante muchos años sabía donde estaba. Lo guardé en un cajón de un comodín de aquella habitación donde luego yo dormí muchas noches. Muchas de aquellas noches yo sacaba ese cuento y lo leía; era en blanco y negro y casi llegué a aprender sus textos de memoria

La vida me fue enseñando que aquello no era real, que eran sólo cuentos para niños. Lo de mi hermana sí había sido real. En aquellos cuentos, una niña preciosa como era mi hermana, podía resucitar merced al beso de un príncipe o al toque de la varita mágica de un hada madrina. Pero pronto, como digo, me fui dando cuenta de que eso sólo ocurría en los cuentos.

De todas formas me aferré a ello y durante algunos años viví, o quise vivir, en un mundo de cuentos. Fueron pocos años pues la vida te marca el camino y el destino, como a todos, y, por supuesto, te abre los ojos.

Sin embargo, siempre te quedan reminiscencias de aquellas ilusiones infantiles. Siempre queda dentro de ti algo de aquellos héroes de los cuentos que leías de niño. Siempre, uno quiere tener algo de aquel sentido de la libertad del íbero que no quería ser subyugado por Roma y de los sentimientos caballerescos de aquel capitán “Trueno” que no podía soportar una injusticia.

Yo, como muchos otros, caí en ese error de querer arreglar entuertos. ¿Qué conseguimos? Pues hostias y más hostias…

Hoy no hay capitanes Trueno, ni Jabatos, ni Cachorros, ni Coyotes. Hoy lo que hay es una panda de sinvergüenzas, ladrones, chorizos e impresentables de todo tipo, que dominan los distintos campos que, a su vez, dominan el devenir nacional de una España vergonzosa. Creo que sepan a qué me refiero.

Hoy me hice el firme propósito de no volver a leer, ni a escribir, sobre nada de esto. No sé si volveré a leer un periódico. Me dan asco, auténtico asco, todos estos “héroes” actuales.

Tengo por mis estanterías todos aquellos cuentos. Del Capitán Trueno, del Jabato, del Cachorro, del Coyote, de Tarzán., y más y más. Voy a volver a ellos. Con ellos yo era feliz y por las noches soñaba con ser como ellos.

Un buen día, cuando yo ya no vivía en casa de mis padres, busqué en el cajón de aquel viejo comodín el cuento que aquella noche dejó mi hermana sobre la cama. Ya no estaba y tampoco quise preguntar por él. Pero le recuerdo y casi tengo memorizado su contenido de tantas veces como lo leí. No me importa. Bueno sí, me hubiese gustado conservarlo por una cuestión puramente sentimental, pero me había frustrado. Para Chuchina no hubo besos de príncipes, ni varitas mágicas de hadas madrinas.

Quizá no me hayan entendido nada pero, como escribió José Martí: “Eché mis versos del alma…”

lunes, 26 de octubre de 2009

EL PADRE ÁNGEL

En San Vicente de la Barquera hay una calle dedicada al "Padre Ángel". No es el Padre Ángel de "Mensajeros de la Paz". Es otro ángel más ignorado. De aquella también había curas que hoy hubiesen estado en candelero merced a los medios de comunicación. Y no le estoy restando méritos al Padre Ángel que todos conocemos, y que se los merece, sin ninguna duda.

El Padre Ángel al que yo me refiero era un cura pequeñín y regordete al que yo ayudé a misa en algunas ocasiones, pues su ministerio llegaba hasta Panes, mi pueblo, donde en aquellos años de mi niñez, era monaguillo.

El Padre Ángel residía en San Vicente de la Barquera. Era, como se diria hoy, un cura del pueblo. Algo así como el padre Braun, de Chesterton. Hasta en su fisonomía eran parecidos pero éste, sin cualidades policiacas.
Se paseaba por el puerto y se mezclaba con los marineros, sus hijos del alma. Les escuchaba, les comprendía, les quería y les ayudaba en lo que podía. Soportaba sus dichos y sus cabreos y, cuando la ocasión era propicia, les hablaba y les aconsejaba: "No os caguéis en Dios. Cagaros en mí, en el Padre Ángel, ..¿que más os da...?"
Hoy, no es difícil que al darte una vuelta por San Vicente y, mientras tomas un vino en cualquiera de los bares de su típica calle central, en los soportales, escuchar a alguno: ¡Me cagon el Padre Ángel!
Cada vez que esto puede ocurrir, yo estoy seguro de que al Padre Ángel se le esboza una sonrisa en su rostro bonachón, allá donde esté, que seguro que es junto al Dios al que a él no le gustaba que los marineros se cagasen.
Era un cura. Era un marinero, si no de profesión, si de vocación. Un pescador de hombres, como quiso Cristo a sus apóstoles y logró que aquellos nobles pescadores, sin olvidarse de Dios, no tomasen su nombre en vano.
Hoy tiene una calle en San Vicente y un recuerdo imborrable. No se borrará jamás mientras existan personas que se acuerden de él y que cuando se cabreen, en vez de faltar a Dios, se acuerden, cariñosamente, del Padre Ángel.
Perdóneme, pero yo ahora también estoy cabreado..Esto me lo enseñó usted....¡¡Me cagon el Padre Ángel....!!! Siempre creí que le debía, desde mi humildad, sacar, en lo posible a la luz, su figura, hoy ya bastante olvidada.

domingo, 25 de octubre de 2009

MILLÁN ASTRAY. ¡A MI LA LEGION!

Aquel general del que les hablaba hace unos días en mi último comentario, José Millán Astray, fue uno de los últimos esperpentos de esta España de sainete y poemario épico, que nunca supo de pesas y medidas, y por cuya boca se le fue el imperio y la grandeza lograda antaño por aquellos otros a los que España nunca quiso entre sus lares y tuvieron que ir a reivindicar fama y fortuna más allá de nuestras fronteras territoriales, cruzando los mares desconocidos y dominando imperios lejanos para la civilización occidental. Eran el deshecho de aquella España de los siglos XV y XVI a quienes no se apreciaba en absoluto, hasta que trajeron imperios ignorados. Aquí, en España, en la metrópoli, quedaban los cómodos, los que tenían títulos y hacienda. Los inútiles, los sinvergüenzas y los que se perfumaban todos los días sin lavarse el culo, empezando por los reyes y el emperador.

Millán Astray fue un producto de esa época española que había perdido el mayor imperio jamás imaginado por ninguna potencia, pero que soñaba con recuperarlo sin cañones ni barcos. España volvería a ser grande a base de voces, de mamarrachadas y de cojones. El ejército español, que no tenía nada de nada –a parte de generales- se surtía, fundamentalmente, de los miles y miles de jóvenes que no tenían 2000 pesetas para librarse de ir a la guerra de África. Triste España la de aquellos tiempos a la que un auténtico “quinqui” con Abd el Krin, supo masacrar en el monte Gurugú por la incompetencia de aquellos generales que, aunque supieron morir, no sabían ni para qué estaban allí.

Pues José Millán Astray fue un general de principios del siglo veinte con aquella mentalidad tan arcaica. Fundó “La Legíón” española, su gran obra en lo militar y, quizá con cierta visión de futuro, se llevó con él a un joven comandante casi imberbe: Francisco Franco: ¡¡Habéis venido aquí para morir..!!, les decía Millán a sus legionarios. Él mismo era casi un muerto viviente. Había perdido en combates un brazo, una pierna y un ojo. La necrofilia (como diría Unamuno aquella mañana en Salamanca) era su norte.

Pero Millán también aprovechó sus últimos tiempos en actividades políticas. Franco, aquel joven comandante casi imberbe, al que le encomendó el mando más directo de la Legión Española, le fue agradecido. Franco, una vez proclamado Caudillo de España tras el inicio de la Guerra Civil, buscó en Millán la voz del “Régimen” que estaba dispuesto a implantar. Nadie como Millán sabía llegar a lo más profundo del sentimiento de la España Nacional. Nadie como Millán sabía defender a su Caudillo, antes su subordinado en los comienzos de la gloriosa Legión Española, y nadie como Millán Astray sabía enardecer los pechos de aquella España que se moría por el norte y por el sur.

Millán era un hombre sin ningún tipo de principios intelectuales ni humanísticos. Era, simplemente, un trozo de carne con forma humana, al que le faltaba una pierna, un brazo y un ojo y que sólo necesitaba gritar: ¡¡A mí La Legión!! Para llevarse por delante a don Miguel de Unamuno o al lucero del alba.

Terminada ya la Guerra Civil y con Franco proclamado Caudillo Invicto, Millán que era teatral, estaba invitado a almorzar en Roma por el conde Ciano. Ciano, yerno de Mussolini y ministros de Asunto Exteriores de la Italia fascista, hablaba del Duce con fascinación, resaltando su capacidad de trabajo y su acertada visión de la política internacional.

No pudo Millán con aquello y salió, como buen torero español, al quite. Millán se improvisó su italiano (idioma que ignoraba totalmente) y dejó claro a los comensales: “¡Pues il nostro Caudiglio, se pasa catorce horas in la mesa del trabaglio e non se levanta ni pere meare…!”

No estaban bien vistas, ni durante ni después de la Guerra Civil, las manifestaciones públicas de cariños exaltados (léase besos, por ejemplo, en público, entre personas). El general Gonzalo Queipo de Llano, era un héroe en Andalucía. Había tomado Sevilla en una tarde con tres o cuatro camionetas que trasportaban a las mismas tropas haciéndolas pasar, una y otra vez, por las mismas calles y dando la impresión de que contaba con una importante fuerza militar. Millán Astray le tenía celos y siempre hay alguien que vine a poner más tensa la situación: Alguien le dijo a Millán que Queipo de Llano, a la vez que iba conquistando pueblos y ciudades, las mujeres salían a su encuentro y le besaban.

Millán preguntó a Juan Ignacio Luca de Tena si eso era cierto y le contestó que sí: -Claro, éste sigue mi escuela, se dijo Millán muerto de celos….-“Poco importa, después de todo. Todavía anda lejos de mi hoja de servicios en esa materia, porque yo llevo besadas a catorce monjas y cuatro de ellas abadesas claustradas”.

En aquellos momentos Millán Astray era el Joseph Goebbels español, es decir, el jefe de propaganda del Régimen. La grandeza se medía por los besos recibidos y, si eran de monjas, para que les cuento….

¡Ay, España, España…! ¡Cómo no te vamos a querer con lo que has sido capaz de superar…!



lunes, 19 de octubre de 2009

UNAMUNO EN SALAMANCA: "PARA CONVENCER HAY QUE PERSUADIR..."

¿Existe hoy en España algún templo de la inteligencia...?



Fue un ya lejano 12 de octubre, en 1936. Salamanca era la capital de la España nacionalista y allí estaba la “corte” de Franco. En el paraninfo de la universidad salmantina se celebraba el día de la Hispanidad, el día de la “Raza” y, allí se concentraban varios personajes representativos de lo que era aquella media España empeñada en rescatar a la otra media, y de lo que estaba por venir. También, como don Miguel de Unamuno, se encontraban representados algunos que navegaban en una marea que bajaba y subía y que nunca veían la facilidad de entrar en puerto. Las olas golpeaban sin cesar y la tormenta arreciaba. Eran aquellas gentes a las que se les negaba el abrigo de un puerto espiritual o, simplemente, intelectual. Un puerto natural que les protegiera de los temporales. España no ofrecía aquellos puertos en aquellos momentos. O había temporal, o había calma. Había que elegir.

Pues en aquel paraninfo universitario, en aquel templo de nuestra cultura ancestral, se dijeron aquel día muchas cosas que pasaron a la historia de España. Allí estaban presentes varias corrientes de lo que iba a ser la nueva España.

No voy a hacer mi versión particular de aquellos sucedidos. Les voy a colgar aquí lo que se ha escrito sobre ello:

Lo que sucedió, según cuenta en su magna obra ,"La guerra civil española", el hispanista inglés Hugh Thomas, es lo siguiente: el profesor Francisco Maldonado, tras las formalidades iniciales y una apasionada presentación del acto por parte de José María Pemán, pronuncia un discurso en el que ataca violentamente a Cataluña y al País Vasco, calificando a estas regiones como "cánceres en el cuerpo de la nación. El fascismo, que es el sanador de España, sabrá como exterminarlas, cortando en la carne viva, como un decidido cirujano libre de falsos sentimentalismos. "

El general Millán Astray se enardece, y bien amparado por sus legionarios, grita aquellas famosa frases de ¡Viva la Muerte! y ¡Abajo los intelectuales!

Miguel de Unamuno, que presidía la mesa, se levanta lentamente y dice: "Estáis esperando mis palabras. Me conocéis bien, y sabéis que soy incapaz de permanecer en silencio. A veces, quedarse callado equivale a mentir, porque el silencio puede ser interpretado como aquiescencia. Quiero hacer algunos comentarios al discurso -por llamarlo de algún modo- del profesor Maldonado, que se encuentra entre nosotros. Dejaré de lado la ofensa personal que supone su repentina explosión contra vascos y catalanes. Yo mismo, como sabéis, nací en Bilbao. El obispo, dice Unamuno señalando al arzobispo de Salamanca, lo quiera o no lo quiera, es catalán, nacido en Barcelona. Pero ahora acabo de oír el necrófilo e insensato grito "¡Viva la muerte!" y yo, que he pasado mi vida componiendo paradojas que excitaban la ira de algunos que no las comprendían he de deciros, como experto en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente. El general Millán Astray es un inválido. No es preciso que digamos esto con un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero desgraciadamente en España hay actualmente demasiados mutilados. Y, si Dios no nos ayuda, pronto habrá muchísimos más. Me atormenta el pensar que el general Millán Astray pudiera dictar las normas de la psicología de la masa. Un mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo cómo se multiplican los mutilados a su alrededor."
En ese momento, Millán Astray exclama irritado "¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte!", aclamado por los asistentes. El escritor José María Pemán, en un intento de calmar los ánimos, aclara: "¡No! ¡Viva la inteligencia! ¡Mueran los malos intelectuales!". Ya, don José María, eso fue una frase muy socorrida…..

Miguel de Unamuno, sin amedrentarse, continúa: "Éste es el templo de la inteligencia, y yo soy su sumo sacerdote. Estáis profanando su sagrado recinto. Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir, y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España. He dicho."

A continuación, los soldados al mando de Millán-Astray prendieron de forma espontánea a Unamuno; pero se libró gracias a la intervención de Carmen Polo de Franco, quien agarrándose a su brazo lo acompañó hasta su domicilio.

Esto, como digo, fue un 12 de Octubre como el de hace pocos días. Unamuno se recluyó en su casa salmantina y ya nunca volvió a salir de ella. Moría el 31 de diciembre de aquel triste año de 1936.

Sí. Que razón tenía don Miguel de Unamuno, uno de los mejores pensadores que han dado “las Españas”: “Para convencer hay que persuadir, y para persuadir se necesita algo que os falta…..”

Nadie, en España, aprendió nada de aquella lección del viejo filósofo cascarrabias. Nadie se enteró de nada. Aún hoy, en el siglo XXI, más de setenta años después de aquella triste “paradoja”, España sigue gritando ¡Muera la inteligencia….! Triste. Muy triste…